Actualmente, dar positivo en COVID-19 es uno de nuestros grandes miedos, por los riesgos que puede conllevar tanto para nosotr@s como para nuestro entorno. Lamentablemente, en España ya hemos superado los 200.000 casos de personas infectadas, por lo que es difícil no conocer a alguien que haya sido afectado por el virus.
Por este motivo, queremos dedicar el post de hoy a dar respuesta a las preguntas que nos hacéis al respecto con mayor frecuencia:
¿Qué emociones y síntomas pueden aparecer en las personas infectadas por COVID-19?
Algunas de las emociones y sensaciones que aparecen más recurrentemente son las siguientes:
- Miedo, ansiedad y estrés ante la incertidumbre de cuál será evolución de los síntomas y de cuándo terminará la situación. Además, la continua exposición a noticias negativas (número de fallecimientos, casos que han empeorado, etc.) favorece que anticipemos los peores escenarios, y que estas emociones vayan en aumento.
- Hiperactivación. Debido a que esta situación nos resulta máximamente desconocida y amenazante, estaremos en continuo estado de alerta. Esta hiperactivación del estado de alarma hará que sean habituales síntomas como el agotamiento físico y mental y la alteración del apetito y del sueño, entre otros ejemplos.
- Percepción de falta de control. Al sentir que estamos en riesgo, es esperable que nuestra sensación habitual de seguridad y control se encuentre alterada. Con alta probabilidad, en algún momento, nos sentiremos vulnerables, desprotegidos y con poca capacidad de acción.
- Impotencia y frustración. Nos estamos enfrentando continuamente a la incertidumbre y a la imposibilidad de llevar a cabo muchos de nuestros deseos o necesidades, por lo que la impotencia y la frustración serán emociones frecuentes.
- Soledad, tristeza y desamparo. Somos seres sociales, y en momentos de miedo y estrés como el que estamos viviendo, tendemos a apoyarnos y refugiarnos en los nuestros para regular nuestros estados emocionales. Sin embargo, en esta situación en la que el aislamiento es la norma por excelencia, el contacto con nuestros allegados se encuentra extremadamente limitado, y esto tendrá un impacto en cómo nos estamos sintiendo.
Cabe destacar que no todas estas emociones se manifestarán en todas las personas afectadas, ni lo harán con la misma intensidad, frecuencia y duración. Dependerá en buena medida de la experiencia de cada persona ya que, dentro de estar pasando o haber pasado por la misma enfermedad, las vivencias particulares pueden ser muy diversas. Entre los factores esenciales que identificamos en la construcción de esa vivencia destacamos:
- La gravedad de los síntomas y, por tanto, la percepción de riesgo vital.
- El lugar donde se pasa la cuarentena, ya que influirá en el nivel de exposición a situaciones dolorosas y al sufrimiento de los demás.
Por ejemplo, estando confinados en casa con síntomas leves y con riesgo vital bajo, serán más frecuentes emociones como el desánimo, la apatía, la tristeza, el agobio por el confinamiento y la impotencia por no poder participar y contribuir en la vida familiar. También surgirá miedo y angustia ante la idea de evolucionar a un estado más grave, pero no será necesariamente lo más dominante.
Estas emociones distan mucho de las que pueden aparecer si nos encontramos con un cuadro sintomático de mayor gravedad y si, además, nos encontramos ingresados en un hospital. Aquí serán más probables emociones como el miedo, la ansiedad y la angustia. Asimismo, la soledad y el desamparo serán más marcados, ya que nos encontramos en un escenario que no nos resulta familiar, y nuestros seres queridos no pueden acompañarnos físicamente. Por último, si tenemos contacto con el dolor de otras personas y con la muerte, el impacto emocional de la vivencia será mayor.
¿Tendrán secuelas psicológicas las personas infectadas por el COVID-19?
La exposición prolongada a las emociones anteriormente descritas puede, efectivamente, desembocar en el desarrollo de determinadas secuelas psicológicas como:
- Alteraciones del estado anímico, como apatía y depresión.
- Trastornos de ansiedad como fobias, hipocondrías, Trastorno Obsesivo Compulsivo (especialmente de limpieza) y Trastorno de Estrés Postraumático -por la exposición a altos niveles de estrés con percepción de riesgo vital-.
No obstante, el hecho de haber estado infectado por el COVID-19 no implica que, necesariamente, se vayan a presentar dichas secuelas. Por el contrario, existen una serie de factores mediadores que modificarán la propensión a desarrollar un trastorno psicológico tras haber vivido un acontecimiento estresante como éste.
Por tanto, no es el acontecimiento vital directamente el que genera el impacto psicológico, sino que existen una serie de elementos que aumentarán o disminuirán la probabilidad de desarrollar problemáticas posteriores. ¡Y es aquí donde podemos actuar!
¿Qué puede hacer un@ para encontrarse mejor?
El estilo de afrontamiento que sigamos, tanto durante la enfermedad como después de haberla sufrido, tendrá un papel vital en el impacto que el acontecimiento tendrá en nuestra historia.
Algunas claves básicas que puedes seguir, tanto durante como después de la enfermedad, son las siguientes:
- Acepta las emociones, sensaciones y preocupaciones que puedan aparecerte: son reacciones normales ante la situación anormal que te ha tocado vivir, y a menudo tienen función protectora para nosotr@s.
- Reduce tu activación. En condiciones prolongadas de ansiedad y estrés, el sistema nervioso simpático (el que nos mantiene alerta) suele estar sobreactivado. Tenemos que tratar de apagarlo, encendiendo el sistema antagonista: el sistema nervioso parasimpático (encargado de los estados de relajación). Esto lo conseguiremos con la realización de ejercicios de respiración, relajación, mindfulness, yoga, etc.
- Pide ayuda cuando lo necesites, y expresa tus emociones a los demás. Esto nos permitirá desahogarnos y los demás podrán ayudarnos a sentirnos mejor.
- Esfuérzate por centrarte en el presente, en lugar de anticiparte al futuro. Busca la información y datos que tienes actualmente, y focalízate en ellos, intentando no ir más allá (sin hacer de “adivinos”).
- Cuídate. Si estamos continuamente pensando en clave negativa, no habrá espacio para las emociones agradables. Resérvales un hueco, haciendo actividades o pensando en cuestiones que te resulten placenteras.
- Mantén tus rutinas de alimentación, sueño e higiene.
- Restaura tu sensación de control. Es importante reconstruir progresivamente nuestra sensación de control, que probablemente se encontrará alterada. A menudo nos centramos en lo que está fuera de nuestro control, sintiéndonos desprotegidos y vulnerables. Pero ¿qué SÍ podemos hacer en esta situación? ¿qué acciones están en mi mano y pueden serme de ayuda?
Además de las pautas anteriores, si ya has superado la enfermedad, te recomendamos lo siguiente:
- Reconoce tu esfuerzo. Has conseguido, con mucho esfuerzo, salir adelante. Estamos seguras de que habrás vivido momentos muy difíciles, a los que has conseguido sobreponerte. Es necesario que valores todo lo que has logrado.
- Date tiempo. Has pasado por una situación de gran impacto emocional, por lo que es posible que necesites tiempo para reprocesar todo lo que has vivido.
- Comparte tu experiencia con gente de confianza. Para reprocesar nuestra experiencia, una buena opción es compartirla con nuestros seres queridos: qué recuerdos tenemos, qué situaciones nos impactaron más y qué emociones aparecieron, cómo lo vivimos, etc. Si lo prefieres, también puede resultarte de utilidad escribirlo.
- Pero continúa guardando momentos para las emociones agradables. No se trata de que estemos continuamente en contacto con lo que ocurrió, olvidándonos del presente. Tus recuerdos no deben eclipsar tu aquí y ahora.
- Retoma progresivamente la normalidad, buscando un equilibrio entre exigirte demasiado y paralizarte sin evolucionar.
¿Se puede obtener algo bueno de todo esto?
Muchas veces ignoramos que las huellas que dejan los acontecimientos vitales estresantes no sólo pueden ser negativas. También pueden dejar una huella positiva dependiendo, en buena parte, del afrontamiento que hagamos de la situación.
Pasar por este tipo de acontecimientos, de tanta dureza emocional, puede cultivar lo que se conoce como resiliencia, que es la capacidad que tenemos los seres humanos para afrontar situaciones adversas, sin vernos fuertemente afectados por ellas.
En esta misma línea, se puede desarrollar un crecimiento postraumático, que consiste en el aprendizaje que se desarrolla a raíz de la vivencia de una situación traumática, y que permite mejorar algún aspecto de la vida con respecto a como era antes de la vivencia. De este modo, se produce una alteración de las prioridades y valores vitales propios, que nos hace tomar conciencia de lo que es verdaderamente importante para nosotros. De esta manera, el acontecimiento estresante se convierte en una fuente de aprendizaje que nos acompañará para toda la vida.