Una mañana como otra cualquiera, L. abre uno de sus armarios de la cocina y de repente, le sobreviene un intenso y desagradable olor a podrido. Después de taparse la nariz, saca el cesto donde guarda las patatas y se encuentra con que hay una de ellas al fondo que se encuentra en estado de descomposición. Rápidamente, saca todo el saco y lo guarda en la bolsa de la basura, la cual decide tirar directamente en el cubo de su edificio, con el fin de deshacerse del horrible olor que de ella se desprende. Este común y cotidiano acto podría pasar desapercibido, más allá de lo desagradable del momento, si no fuese porque la reacción que L. ha tenido ante esa patata en mal estado ha estado mediada por el efecto de una emoción: el asco. Ésta es una de las emociones más desconocidas y que menos habitualmente asociamos a la función adaptativa que detrás de ella se esconde. La reacción que L. experimenta cuando sus receptores olfativos perciben el olor a podrido desencadena el mecanismo de acción de una de las emociones básicas que antes aparecen en el desarrollo evolutivo.
Si preguntásemos a L. qué le ha hecho tirar el saco de patatas, probablemente nos diría que ha sentido náuseas y malestar al percibir el olor y que esto le ha llevado a pensar que probablemente había cerca algún alimento en mal estado. Lo que seguramente L. desconoce es que lo que ha experimentado es una reacción emocional que además le ha protegido de ingerir una patata que hubiese podido provocarle serios daños en su sistema digestivo, y en el peor de los casos, una reacción física grave. Es decir, la respuesta emocional del asco ha tenido una función adaptativa que en otros tiempos, en los que la falta de información y el escaso desarrollo de la medicina, hubiese significado probablemente que su supervivencia hubiese estado comprometida.
Éste es sólo un ejemplo de cómo en muchas situaciones diarias experimentamos reacciones emocionales que determinan nuestras decisiones, actuaciones y procesos de pensamiento y cómo en la mayoría de los casos no somos conscientes de ello. Con la alegría, el miedo, la tristeza, el enfado y la sorpresa ocurre exactamente igual que con lo descrito anteriormente con el asco. Éstas son las seis emociones básicas e innatas que forman parte de nuestro sistema emocional más primario. A lo largo de los años, y según el individuo va creciendo y se va desarrollando física y cognitivamente, también lo va haciendo en términos emocionales y van apareciendo las emociones secundarias, siendo éstas más complejas y evolucionadas que las anteriores. Estamos hablando, por ejemplo, de la envidia, la culpa, el orgullo o el amor. La gestión más o menos adecuada de estas emociones y de las reacciones ante ellas determina en gran medida el estado psicológico y el bienestar de las personas.
En el manejo o abordaje de las mismas hay implicados factores históricos, culturales, sociales, educacionales y de crianza o familiares. En términos culturales, la expresión de una misma emoción varía en función del lugar del mundo en el que nos encontremos. En Japón no se exterioriza la alegría de la misma forma que en cualquier país de Sudamérica o Asia. Y a un nivel más intraindividual, la manera en la que en una familia haya permitido y enseñado la expresión de determinadas emociones, determinará en gran medida cómo la persona en su vida adulta gestione las mismas. Si por ejemplo, un niño ha aprendido que cada vez que se enfada o se enrabieta recibe reprimenda y castigo por parte de sus familiares, es muy probable que interiorice que la expresión de esta emoción no debe o puede realizarla públicamente.
Es en este punto donde la Inteligencia Emocional aparece como la clave de un buen manejo de nuestros sentimientos. Además de ser un precioso título para un manual de autoayuda al uso, la inteligencia emocional abarca todo un campo de estudio en Psicología que pone el foco en cómo las personas reconocen e identifican sus emociones (y las reacciones fisiológicas, cognitivas y conductuales consecuentes) y cómo a través de ello aprenden a gestionarlas de manera adaptativa y adecuada. Porque las emociones en sí mismas no son positivas ni negativas, sino que es qué hacemos con ellas (reconocerlas, negarlas, reprimirlas…) lo que nos puede llevar a una mayor o menor estabilidad emocional. Sólo cuando entendemos que son parte de nosotros, que nos protegen y nos “sirven de algo” (el miedo ante el peligro, la culpa para remediar el daño que le hemos podido provocar a otra persona, etc.), es cuando podemos empezar a reconocerlas y vivir con ellas de una manera amable y respetuosa con nosotros mismos.
Ana Pérez Miguel