Sabemos que los bebés vienen con una programación, están preparados para aprender a través de millones de conexiones neurológicas que ponen en marcha aquellos sistemas que el ser humano necesita para desarrollarse y les permiten relacionarse con el entorno. Se habla de la importancia en este sentido de los 1000 primeros días de un bebé, donde se forman la mayoría de estas conexiones. Sabemos que los cimientos de la capacidad de relación de las personas se desarrollan en las primeras interacciones con las personas de referencia (la figura cuidadora en esta primera etapa), porque el desarrollo cerebral de los primeros 1.000 días de vida (el 85% del desarrollo total) se fomenta gracias a la interacción con el entorno socio-afectivo
No hay discusión en la relevancia que tiene la genética en el desarrollo de una persona, y la condición necesaria de un ambiente, la epigenética, que conlleva que se manifiesten o no ciertos genes, y que se module el carácter en función del aprendizaje en el contexto familiar, social y cultural. Por tanto, hablamos de esa programación con la que viene el bebé, su hardware, y la necesidad de acompañarles en la instalación del software.
Esto mismo ocurre con los sentidos, y en este artículo queremos centrarnos en dos, el del tacto, y el de la propiocepción.
Venimos programados para percibir estímulos a través del sentido del tacto, y dependerá de nuestras experiencias, especialmente las tempranas, que la persona responda de manera positiva o desfavorable al contacto físico. Diversos estudios muestran cómo la sensibilidad táctil dependerá de la experiencia vivida a través de este sentido, y esto se observa en casos de niños y niñas adoptados/as que pueden mostrar desajustes en la sensibilidad táctil y propioceptiva.
Cuando pensamos en la relación con un bebé, identificamos la importancia del tacto, acariciar a nuestro bebé, darle nuestro dedo para que lo agarre, realizarle suaves masajes después del baño… son momentos en que la conexión emocional cuidador-bebé se ve sumamente reforzada… Sin embargo, ¿tocar mucho se traducirá en mayor apego? Decimos que el tacto influye en la forma en que la persona construye el mundo, pero más tacto/contacto con nuestro bebé, no es mejor. La clave sería aprender en qué momento estimularle es conveniente. Esto mismo ocurre con los besos, han de ser oportunos, ¡no cuantiosos porque sí! Imaginemos que cualquiera de nosotros en un momento en que nos encontramos entretenidos o concentrados, realizando una manualidad, leyendo un libro, o relajados viendo una película, alguien a nuestro lado se dedicara a darnos todo tipo de caricias, achuchones y besos, que no nos permitieran continuar con nuestra actividad como lo estábamos haciendo… ¿nos sentiríamos más queridos? Entendemos que para la mayoría la respuesta sería ¡no! Nos podríamos encontrar incluso molestos, incómodos, y con la necesidad de reclamar espacio, pese a que sepamos que la intención de quien nos procura esos gestos de amor no fuera la de importunarnos.
Por eso podemos afirmar que el tacto es un pilar fundamental en la construcción de la seguridad emocional de las personas, y que por tanto puede afectar la forma en que interpreta el mundo, y que la ausencia de él puede perjudicar a la construcción de esta relación con el entorno, pero el exceso no es mejor.
Lo importante es tener la capacidad de reconocer el momento en el que se encuentra nuestro bebé, decodificar las respuestas de aproximación en las que nuestro hijo/a reclama contacto, piel, besos… y por tanto, en ese momento conviene estar presente, conectando con nuestro bebé y sus necesidades, no con las nuestras (¡por muy difícil que resulte en muchos momentos no achucharlo y comérselo a besos!)
Y si hablamos del sentido propioceptivo, que se define como la capacidad de la persona de percibir su propio cuerpo, conocerlo y situarlo en el espacio, es fundamental para todas aquellas funciones relacionadas con el pensamiento y el movimiento. El control del cuerpo y el movimiento vienen a través del sentido propioceptivo gracias a los receptores sensitivos presentes en los músculos que crean una imagen mental del cuerpo. En este sentido, la estimulación adecuada del sistema propioceptivo del bebé no se realiza en base a las caricias, sino al tacto de ser apretado suavemente, el de ser abrazado. La propiocepción se programa gracias al movimiento y al tacto, por eso es importante que la interacción con nuestros bebés y de nuestros bebés con el entorno tenga que ver con estos elementos para facilitar el correcto desarrollo del equilibrio. Posibilidades de facilitar esto serían el porteo, el balanceo, acunar, y por supuesto, dejar que se muevan y descubran el entorno de una manera independiente del cuidador (siempre con precaución, por supuesto)
Así que invitamos a que los padres y madres valoren que cuando dan caricias y abrazos, no sólo están aportando seguridad y sensación de protección a sus hijos/as, sino que están facilitando el desarrollo de los sentidos del tacto y la propiocepción, que tan importantes son en su desarrollo posterior. E insistimos en la necesidad de conectar con el bebé para ver cuándo esto es oportuno, entendiendo que más no es mejor.
Si quieres conocer más sobre este y otros temas relacionados con la crianza en Centro TAP trabajamos para que las familias adquieran los recursos y herramientas necesarias para construir su autonomía en la crianza y que desarrollen su rol de padre y madre con la tranquilidad de saber que están haciendo lo mejor para sus hijos/as y familia. Búscanos en redes sociales Crianza Activa y entra en nuestro Programa Aprender a Crecer Juntos.