Muévete, y el camino aparecerá
Proverbio Zen
“¡Ten cuidado!”, “Podría pasarte algo malo…”, “¿Y si es peor el remedio que la enfermedad?”, “¿Y si no es lo correcto?, “¿Y si te arrepientes?” “No sabrás”, “No podrás…” son los mensajes que nuestras figuras de referencia, nuestro entorno más cercano, la propia sociedad, y nosotros mismos, podemos lanzarnos en aquellos momentos en que nos planteamos ampliar los límites de nuestra zona de confort. Tantos y tantos “Y si…” que nos atenazan y nos inmovilizan…
La zona de confort es lo conocido, aquello que domino, que controlo, que soy capaz de predecir y por tanto, me aporta seguridad. Son acciones automatizadas, lugares conocidos, e incluso caminos neuronales que se repiten una y otra vez. Y somos capaces de quedarnos ahí aunque no funcione, aunque los resultados de mis actos y mis decisiones no hayan sido positivos. Por ello, y pese a su nombre, esa zona NO es confortable puesto que muy posiblemente no contenga todo aquello que necesito para ser feliz, porque me implica repetir lo que no me sirve, lo que está obsoleto, lo que no me llena… Simplemente es confortable porque no me suscita miedo, incertidumbre o temor….
Podemos asemejar la zona de confort al redil en el que el pastor guarda a una oveja. Muchas personas reducen con el paso del tiempo sus límites, quieren tenerlo todo bajo control, por lo que la única manera de conseguirlo es tener un redil muy pequeño que me permita tener vigiladas cada una de las vallas que lo delimitan, y les permite acomodarse y automatizar… ¿Cómo puede estar cómoda indefinidamente la oveja que descansa en un redil casi del mismo tamaño que ella? Lo que finalmente ocurrirá es que la oveja no podrá crecer más, porque el redil en el que está es tan pequeño que no se lo permite. Además salir del propio redil a pastar causará miedo, porque sin vallas no se siente segura, y perderá entonces la oportunidad de conocer ovejas nuevas y diferentes, incluso otros animales, vivir nuevas experiencias, estar en espacios más amplios y excitantes… Tomar una decisión dentro de la zona de control es tan sencillo como actuar o reaccionar de la manera en que siempre lo hemos hecho. Aunque no sea la mejor manera.
Existen dos grandes miedos para el ser humano que hacen su aparición especialmente cuando pensamos en saltar esos límites: el miedo al cambio (lo desconocido) y el miedo a equivocarse. Esas dos condiciones no tienen lugar en la zona de confort, y además la persona presupone, muchas veces de manera errónea, que si algo ocurre dentro de ese perímetro estaré preparado para afrontarlo… Pero, ¿es cierto que en esa zona tenga el control?, ¿en esa zona tengo todo lo que necesito para ser feliz? Si me atreviera a salir, ¿podría sentirme mejor? Salir de la zona de control es entrar en la zona de aprendizaje. Es explorar, experimentar, crecer… buscar y encontrar los ingredientes que me faltan para ser la pareja que quiero, la madre/el padre que me gustaría ser, mejor profesional, mejor persona… mi mejor YO. Nuevas personas, nuevos lugares, nuevas experiencias, nuevas habilidades… Porque la realidad es que CAMBIAR no es peligroso, y EQUIVOCARSE es el paso previo a aprender… ¿no merecería la pena entonces arriesgarse? Quien decide no salir de la zona de lo conocido puede tener la intención de no perder nada de lo que ya tiene, de preservar su autoestima, de no decepcionarse a sí mismo o a otros si no alcanza el reto… y lo que en realidad ocurre es que esa persona no pone las condiciones necesarias para que su autoestima crezca, no se da la oportunidad de desarrollarse, mostrar facetas nuevas de uno mismo, o mejoras sobre las que ya conocemos…
Podemos aprender a no huir de lo incómodo, es más, buscarlo, y acostumbrarnos a su presencia. Salir de la zona de confort es librarnos de los miedos, darnos cuenta de cuánto somos capaces de hacer, es permitirnos soñar, es ampliar cada vez más las tareas, los lugares, las personas con las que me encuentro a gusto, es aspirar al éxito… y hacer cómo los niños: mancharse las manos, no pretender ser perfectos ni saber hacer lo que me propongo a la primera, mirar con ojos curiosos lo que la vida nos va trayendo, y gestionar la situaciones que nos encontremos en el camino. El niño es ese explorador que aunque sea desde el temor, la inseguridad o la incertidumbre, se lanza a experimentar, “¡a ver qué pasa!”, “¿y por qué no?”
El proceso terapéutico en muchos casos trata precisamente de ayudar a la persona a expandir la zona de confort: acompañamos, orientamos, y damos aliento a la persona para que, tras identificar sus objetivos, los pasos que le dirigen a alcanzarlos, y qué habilidades posee ya, comience a avanzar en una dirección nueva y que abra ese perímetro con motivación, y sin procrastinar (postergar) o dejarse vencer por la pereza…
Cuántas veces nos habremos encontrado a lo largo de nuestra vida pensando: “¿Por qué no lo hice antes?” Os animamos a que volváis a ser esos niños que fuisteis, no dejéis pasar más tiempo del necesario esperando a saltar al otro lado, o esperando a que alguien o alguna circunstancia os empuje… sed vosotros quienes os coloquéis las alas para volar, cerréis los ojos, visualicéis vuestros objetivos, sonriáis, y saltéis!! Merecerá la pena!!
Hoy haré lo que otros no harán, para que mañana yo pueda conseguir lo que otros no podrán
Jerry Rice (Ex jugador de la Liga de Futbol Americana)