La autoestima (o, lo que es lo mismo, la valoración que se hace de uno mismo/a) es un concepto que se ha ido popularizando exponencialmente. Con poca probabilidad alguien se sorprenderá si afirmamos que una autoestima sana es un elemento esencial para gozar de una buena salud mental.
Efectivamente, se trata un constructo básico para sentirnos a gusto con nosotros/as mismos/as y con las personas de nuestro entorno, y también es decisivo para un desarrollo satisfactorio en el ámbito académico, laboral, deportivo o de ocio, entre otros muchos ejemplos.
Sin embargo, pocas veces nos paramos a analizar CÓMO afecta la autoestima en nuestro día a día: ¿de qué manera influye e interviene para convertirse en un elemento tan fundamental?
- Podríamos decir que su importancia reside en su papel mediador en la interpretación de las cuestiones que nos acontecen. Imaginemos la autoestima como un par de gafas con los cristales teñidos que, en función del color que tengan, nos hará ver la realidad de una u otra manera.
- Un ejemplo de cómo la autoestima afecta en la interpretación de nuestras vivencias es en el afrontamiento de los errores que cometemos. Desde luego poseer una sana autoestima no nos libra de cometer errores (¡todos los cometemos y los cometeremos!), pero sí influye significativamente en cómo los vivimos y afrontamos.
Por tanto, ¿cómo se gestionan los errores en función del nivel de autoestima?
Una persona con baja autoestima…
- Concibe los errores como algo que no “debería” ocurrir, asumiendo que lo normal es no cometerlos.
- A menudo presenta altos niveles de autoexigencia: se exige una meta que no es posible (ser siempre perfecto/a y no cometer errores nunca), por lo que conectará a menudo con la sensación de insatisfacción o incapacidad.
- Asocia su valía personal a lo que hace, por lo que si comete un error asumirá que vale menos.
- Cuando se equivoca, tiende a juzgarse y flagelarse, quedándose anclado/a en el pasado.
- Se atribuye la responsabilidad de manera desproporcionada: o coge demasiada (“todo ha sido por mi culpa”) o la vuelca completamente fuera.
- Cuando algo no sale de la manera que espera, se envía mensajes autodestructivos: “es que soy tonto/a”, “nunca aprendo”, “debería haberlo sabido”, “¿así quién me va a querer?”.
- Le cuesta mucho perdonarse y, aunque haya pasado un tiempo razonable, recordar sus errores pasados le altera emocionalmente.
Por el contrario, una persona con una autoestima sana…
- Entiende los errores como algo natural. Incluso, es capaz de hallar su utilidad: no nacemos sabiendo, sino que es nuestra experiencia la que nos enseña. Los errores son una fuente infinita de aprendizaje.
- Presenta unas expectativas ajustadas hacia sí mismo/a. No le gusta cometer errores, pero los acepta y se los permite. No se exige la perfección, sino estar en evolución y crecimiento.
- Analiza sus errores y aprende de ellos, enfocándose en mejorar en el futuro.
- Su valía no está determinada únicamente por lo que hace, sino por lo que es. Esto le permite reconocer e integrar sus fallos sin alterar su autoconcepto.
- Asume la responsabilidad justa que le corresponde. No cae en una dicotomía todo-nada (“todo es mi culpa” vs. “yo no he tenido nada que ver”), sino que es capaz de analizar lo acontecido de forma más objetiva.
- Presenta mayor apertura a las críticas externas. No las identifica como un ataque personal, sino como una oportunidad de desarrollo personal.
- En los momentos difíciles, se envía mensajes de apoyo y consuelo, que le ayudan a seguir adelante: “No tienes por qué saberlo todo, has cometido un error y eso es normal. La próxima vez, seguro, lo harás mejor”
- Se permite perdonarse, mostrando niveles elevados de autocompasión, tratándose a sí mismo/a con respeto y ternura.
Como puedes ver, la autoestima afecta mucho en la actitud que tomamos ante los errores. La buena noticia es que nuestra autoestima es un constructo vivo que, en parte, se va modificando en función de cómo actuamos con nosotros/as mismos/as. Así, puedes empezar hoy mismo a mejorar tu autoestima, comenzando a afrontar tus errores de manera más respetuosa y amable contigo.
Te facilitamos algunas preguntas de reflexión que pueden ayudarte en este camino:
Preguntas para la reflexión:
- Piensa en las personas que son un referente para ti, ¿han cometido alguna vez errores?
- Si fuese una persona que quieres la que comete tu mismo error: ¿qué le dirías? ¿le tratarías de la misma manera que te tratas a ti?
- Si hubieras sabido las consecuencias que iba a tener tu acción, ¿habrías actuado igual?
- ¿Cuál es el aprendizaje que te puedes llevar de lo ocurrido? ¿cómo puede ayudarte a crecer el error que has vivido?
“Si no estás cometiendo ningún error, no estás innovando. Si estás cometiendo los mismos errores, no estás aprendiendo” Rick Warren