Encontramos continuamente frases y citas que enfrentan a la emoción y la razón, que nos hacen valorar en qué lugar nos queremos posicionar a la hora de tomar decisiones en nuestro día a día o, incluso, en situaciones que consideramos que pueden ser determinantes para nosotros/as. Valoramos una continua lucha entre la razón y la emoción pendientes de ver cuál de ellas será la triunfadora en el momento que nos atañe pero,
¿En realidad razón y emoción son dos polos opuestos de una misma línea?
¿Debemos elegir siempre actuar a favor de una u otra?
En muchas ocasiones, utilizamos la razón en contra de la emoción, afirmando que la razón nos va a llevar a tomar decisiones más maduras y con mucho más sentido común. Nos empeñamos en buscar argumentos en contra de las emociones y de las decisiones que éstas nos pueden hacer tomar, defendiendo que éstas son más inconscientes e inmaduras.
- En el planteamiento indicado anteriormente, donde se postulan estos dos conceptos como antagónicos, no se tiene en cuenta la importancia de la emoción en la toma de decisiones, llegando incluso a darle un menor valor en este proceso. Sin embargo, si tomamos una decisión únicamente manejados por la razón, como puede ser, por ejemplo, cuando estudiamos una carrera universitaria sin que nos guste, únicamente porque nuestros padres han decidido que puede ser lo mejor para nosotros, las emociones aparecerán generándonos sensaciones desagradables de incomodidad, incertidumbre, tristeza o angustia, impidiéndonos alcanzar el bienestar personal.
- En determinadas situaciones, un buen planteamiento racional puede conseguir acabar con una emoción desagradable, pero esto le resultará difícil si anteriormente no ha conseguido facilitar sentimientos positivos que acompañen a ese razonamiento. Es así como no imponemos la razón a las emociones, si no que la podemos utilizar para facilitarnos emociones agradables y conductas saludables asociadas a ese razonamiento.
- Ese malestar que aparece cuando intentamos sobreponer la razón a la emoción, surge también cuando la imposición es la contraria, y queremos tomar una decisión dejándonos llevar por las emociones sin tener en cuenta la parte racional, como puede ocurrir cuando queremos mantener la relación con una persona aún sabiendo que no es bueno para nosotros. Igualmente, en esta postura comienzan a aparecer razonamientos que te hacen valorar si la opción elegida es realmente aquella acorde a tu felicidad.
Para encontrar el bienestar personal es importante que, razonando, generemos una emoción nueva que suplante ese sentimiento indeseable o, hasta que buscando un razonamiento, consigamos demostrarnos que nuestro sentimiento es aceptable porque tiene una base racional. Es decir, para actuar en consonancia a nuestros valores debe existir una coherencia entre emoción y razón, un equilibrio entre ambos procesos cognitivos, fundamental para nuestro bienestar.
“La razón sin emociones sería como un general sin ejército. La emoción sin razón sería como un coche sin frenos. Van de la mano, se necesitan, son inseparables” Ignacio Morgado Bernal
¿Qué lugar ocupan las emociones en la toma de decisiones?
Las emociones tienen un papel fundamental en nuestro bienestar, definen qué es importante para nosotros/as y nos protegen, formando parte de nuestra identidad. En algunas ocasiones, estas emociones se desbordan debido a la intensidad de la situación, y es ahí cuando aparece la razón para hacernos pensar y reflexionar, ayudándonos a actuar acorde a aquella opción que es la mejor para nosotros/as. Así es como las emociones nos envían un mensaje, pero somos nosotros quienes decidimos qué hacemos con él, produciéndose la regulación emocional.
La razón y las emociones, en lugar de ser incompatibles, trabajan conjuntamente ya no sólo en la interpretación de situaciones y la toma de decisión oportuna sino que, también, ambos procesos cognitivos, nos facilitan aprendizaje respecto a lo vivido y a generalizar esta lección, por ejemplo, si un estímulo me genera miedo, manteniendo la cautela ante otro estímulo que comparta características con él.
Así pues, razón y emoción no trabajan de forma independiente si no que se complementan para ayudarnos a conseguir equilibrio y bienestar personal.