Sin duda, la tarea de gestionar las emociones no es fácil: identificarlas, etiquetarlas, saber de dónde vienen, entender el para qué, hablar sobre ellas, regularlas y transitarlas.
Desde que nacemos somos emoción, porque el ser humano es pensar, hacer y, por supuesto, sentir. Los bebés expresan las emociones en estado puro, desde que están gestándose sienten, sin filtros, y no rechazan sus emociones. Es después, fruto del proceso de “estar” en el mundo, cuando se empiezan a recibir mensajes que tienen que ver con qué es aceptable y qué no con respecto a las emociones que sentimos y nuestra manera de manifestarlas.
La gestión emocional es un proceso complejo e intenso, donde unas emociones se entremezclan con otras, donde hay mensajes sobre si debes o no sentirte así, o sobre el daño que puedes hacer a otros mostrando cómo te sientes. Esto puede conllevar que las personas repriman o condenen sus emociones, porque sentir así, no me gusta o no es correcto…
Además, como parte de la gestión emocional está el ser capaz de etiquetar nuestras emociones, lo que implica un lenguaje muy concreto; cuando somos niños y el lenguaje está en desarrollo, nos cuesta poner palabras a lo que nos pasa. De hecho, por eso es tan frecuente en los/as pequeños/as la somatización (y en los no tan pequeños) dado que ese proceso de no poder poner palabras, o que interpretemos que hay emociones que no deberíamos sentir, puede acabar conllevando inhibición; y las emociones, como ocurre con el agua, siempre buscan su sitio para salir… Dado que el lenguaje tiene su tiempo de adquisición es tan importante que los adultos acompañen, identificando lo que les pasa a los menores, ponerles nombre a sus emociones, y ayudarles a regular lo que sienten.
La cuestión es que no siempre nos han educado en atender a nuestras emociones; a día de hoy la inteligencia emocional sigue siendo una asignatura que resulta costosa, venimos de una cultura en la que históricamente se ha invitado más a la acción que a pararse a sentir, a entender, o a procesar… Y eso lleva en muchos casos a tener miedo a nuestras propias emociones, dado que no nos sentimos en ocasiones muy familiarizados con ellas.
Nos resulta, de hecho, especialmente difícil conectar con las emociones que nos hacen sentir vulnerables, que son aquellas que llamamos azules (tristeza, melancolía, miedo, indefensión…) y no tan difícil con las que llamamos rojas (rabia, ira, frustración, enfado) porque esas falsamente nos mandan cierta sensación de fuerza. Evitar las emociones desagradables es por una parte consecuencia de nuestra historia como sociedad y patrón que se sostiene con el paso del tiempo, y por otra, como fórmula para evitar aquello que no nos gusta: si no miro dentro, si no hablo, no pasa, si no miro, no existe.
Tanto si piensas que eres “un ladrillo emocional” como si piensas que “sientes demasiado”, no es culpa tuya. Es cierto que puedes percibir que no sientes de la misma manera que otras personas, y pensar que hacerlo así es malo o que no es normal, pero la variabilidad de cómo cada persona tiene construido su mundo emocional es enorme, y no hemos decidido sobre ello ninguno de nosotros. Ahora bien, no ser culpable no implica que no seamos responsables de identificarlo y trabajar en ello para mejorar.
De ahí la importancia de la terapia, cómo esa fórmula de acompañamiento, donde ir trabajando en el camino de la conciencia, la comprensión y la profundización en aquello que nos pasa… Sabiendo que no es un proceso sencillo debemos entender que las reticencias por empezar un proceso terapéutico pueden tener que ver con el miedo:
- Miedo a que tomar conciencia de lo que siento me duela
- Miedo a que tomar conciencia de lo que siento pueda dañar mi relación con otras personas
- Miedo a hundirme al conectar con lo que me pasa
Entendiendo estos miedos, y la necesidad de aceptarlos para iniciar un proceso terapéutico, desde Centro TAP podemos asegurar que merece la pena, que es un proceso catártico y muy necesario si quieres entender lo que te pasa, si quieres ganar en seguridad, en estabilidad, si quieres mejorar la relación contigo mismo/a y con los demás… la terapia es profundización, autoconocimiento, y deconstrucción de lo aprendido para un crecimiento personal. Es necesario reconectar con la esencia del ser humano, que son sus emociones, y una vez que nos encontremos en ese camino, todo será más manejable.
Te animamos a que consideres hacer terapia sin tener grandísimos problemas en tu vida, sino como fórmula de mejora personal para trabajar en una mejor gestión emocional (que a futuros problemas seguro que serán una estupenda base para un mejor afrontamiento). ¡No dudes en contactarnos y trabajaremos juntos, cuidándote y acompañándote en ese proceso!