Toda conducta que realizamos en nuestro día a día está condicionada por el contexto en el que nos encontramos. Este influye en nuestras creencias, en la construcción de nuestra identidad y en las demandas a las que nos enfrentamos.
Uno de los aspectos que se ve absolutamente permeado por el entorno y las reglas sociales es la organización de nuestros vínculos y afectos; es decir, cómo nos relacionamos y la estructura que le damos a los nexos que tenemos con otres. En este sentido, existe una tendencia predominante basada en jerarquizar los vínculos en forma de pirámide:
1) En la cúspide encontramos a la familia.
¿Quién no ha escuchado alguna vez la mítica frase de El Padrino: “la familia es lo primero”? ¿Cuántas veces se ha repetido en el saber popular que a la familia todo se le perdona?
La importancia evolutiva de dejar descendencia, el papel de la religión y la cantidad de elementos positivos asociados a “construir una familia” han hecho que este concepto pase a ser para muchos la forma casi exclusiva de autorrealizarse como personas.
Y la cuestión no está en sí en tener una familia o no, sino en la presión que el entorno muchas veces ejerce y que nosotres absorbemos como exigencia propia por cumplir esas reglas sociales, asilándonos quizás de otros deseos y preocupaciones. Es más, quien se sale de dicha norma suele recibir todo tipo de comentarios sobre sus decisiones y su estilo de vida: »¿de verdad no queréis hijos?», »seguro que luego os vais a arrepentir», »pobre Carla que no ha conseguido novio a su edad y se va a quedar sola», vaya pena que Enrique no se lleva bien con sus padres», etc.
2) Bajando mínimamente en la pirámide se encuentra la pareja.
Se entiende este vínculo como el medio para alcanzar el superior, la familia; pues gracias a tener una pareja (por supuesto, según la regla social, una pareja monógama y, para mayor ajuste, cisheterosexual) llegaremos a construir una familia y a conseguir todo lo asociado a la misma.
Sin darnos cuenta, caemos en la conocida escalera mecánica de las relaciones. Este concepto hace referencia a la cantidad de reglas y conductas que realizamos para cumplir con el “camino normal” de una relación sexoafectiva.
Pasamos de tener un par de citas, a compartir encuentros eróticos, a presentarnos a las familias, mudarnos juntes y de repente a casarnos. Y volvemos, si no nos ajustamos a esto, se hace latente el rechazo (si bien muchas veces sutil) y la presión por volver a la norma. Un rechazo similar experimentan quienes se relacionan con vínculos no monógamos o quienes deciden, por voluntad propia o circunstancial, no tener una relación de pareja (simplemente imagina la de connotaciones negativas que implica pedir mesa para uno en un restaurante).
3) Después de los escalones más altos de la pirámide, llegan las amistades u otros vínculos estrechos.
En una formación apasionante a la que asistí sobre este tema, una de las ponentes ponía de ejemplo de jerarquización la pseudo-obligación de que el +1 en una invitación siempre sea la pareja. En este caso, destacaba la cantidad de personas que invitarían a su pareja a una exposición de arte abstracto de la que tienen dos entradas en vez de a su amiga del instituto que está obsesionada con los cuadros de Pollock.
En esta misma línea, muchas veces nos privamos de hacer X planes con las amigas porque “primero tenemos que cuadrar con el novio” o porque “tengo que esperar a que mi padre decida las vacaciones de verano” y, más por obligación que por gusto, jerarquizamos. Se entra entonces en un círculo vicioso: yo priorizo a mi pareja y comparto más cosas con ella, esto hace que sienta un vínculo más estrecho, por lo que priorizo aún más a mi pareja, comparto más cosas con ella y vuelta a empezar.
Al final lo que conlleva plantearse romper esta imposición es que los afectos puedan estar repartidos y que tengamos apoyos fuertes y profundos en distintos entornos. De esta manera, no se centran todos mis deseos y necesidades en una única persona (pareja) o en tres o cuatro ya prefijadas (familia), sino que podemos enriquecernos de distintos vínculos al mismo nivel (o al menos al que personalmente yo decida).
4) La base de nuestra jerarquización la ocupan otros vínculos no tan cercanos, como ese compañero de trabajo del que no sabes su apellido pero que te saluda todos los días o la panadera que te vende la baguette cada mañana.
Al final esta filosofía de no jerarquización de los vínculos lleva a cuestionarnos las imposiciones sociales a las que estamos sometidos y los costes que asumimos por seguirlas, muchas veces en modo automático. El espacio de consulta también está para esto, salir con más preguntas y no necesariamente con respuestas. De hecho, es un tema presente en la práctica clínica: personas que tras una ruptura tienen que volver a construir sus vínculos porque su pareja lo era todo, decepciones con el otro porque no cumple con mis expectativas de relación, malestar por no ajustarse naturalmente a la regla, sensación de dependencia del otro, etc.
En definitiva, no jerarquizar los vínculos plantea olvidarnos de la pirámide preestablecida y ver nuestras relaciones desde un enfoque más equitativo, no centralizado y, a fin de cuentas, más enriquecedor.
Si alguna vez has pensado en esto y puede estar afectando a tu equilibrio emocional, desde Centro TAP podemos acompañarte en esta importante labor hacía la construcción de unos vínculos saludables y bienestar personal.