Las relaciones intermitentes, el conocido “ni contigo ni sin ti”, se caracterizan por un patrón de rupturas y reconciliaciones recurrentes. No estaríamos hablando de aquellas parejas que viven una ruptura puntual en algún momento de su relación, sino de aquellas que, de manera de manera sistemática, se separan y retoman la relación un tiempo después.
Algunas de sus características son:
- Dificultades en la comunicación, tanto a la hora de poner palabras a lo que sienten y necesitan, como para establecer límites… Las discusiones suelen ser acaloradas, con poca capacidad de escucha hacia el otro.
- Bajos niveles de regulación emocional y altos niveles de impulsividad. Muchas rupturas se producen en un momento de intensidad emocional muy elevado- miedo, enfado, rabia o frustración- sin que dé tiempo a medir las consecuencias de la decisión.
- Ante una crisis de pareja, la ruptura aparece en muchas ocasiones como la primera opción, en lugar de tomarse un tiempo para aumentar y favorecer el ajuste mutuo, mejorar la comunicación o buscar ayuda profesional.
- Los reencuentros se viven con una alta carga de emocionalidad positiva (pasión, ilusión, alivio, esperanza, disminución del sentimiento de soledad…)
- Las discusiones pueden ser interminables y no llegan a “cerrarse”. Tras la reconciliación los conflictos suelen reaparecer por los mismos motivos que anteriormente provocaron la ruptura.
- Las dudas sobre la continuidad de la relación son constantes, salvo en el periodo de luna de miel, que con el paso del tiempo y tras varias idas y venidas cada vez dura menos y es menos intenso. La decisión de romper la relación no suele ser consensuada ni valorada con detenimiento; al tomarse la decisión de manera impulsiva y con dudas, no se valora plenamente lo que supone la pérdida, lo que incrementa la ambivalencia una vez ésta se produce.
Aunque la conexión de la pareja no es estable ni satisfactoria, tras la ruptura aparece la creencia de que no pueden vivir el uno sin el otro y de que será posible cambiar aquello que generó los conflictos. Además, durante la crisis suelen sobredimensionarse los aspectos negativos de la relación y, tras la ruptura, “se le da la vuelta a la tortilla”: se potencian los aspectos positivos y se minimizan los negativos, lo que favorece el planteamiento de retomar la relación.
- En algunos casos las rupturas se llegan a normalizar: se minimiza el impacto emocional que genera, como si la pareja se fuera “acostumbrando” a romper, y se interpreta que retomar la relación después no tendrá grandes consecuencias.
- Esta dinámica puede deberse a una fuerte ambivalencia emocional por parte de uno o ambos miembros, a dificultades en el compromiso o a problemas significativos en la resolución de conflictos. Cuando este es el caso, es muy probable que estas dificultades se trasladen a relaciones posteriores.
Desde el punto de vista neurológico, las constantes separaciones y reconciliaciones funcionan como un refuerzo intermitente, activando los circuitos de recompensa del cerebro y generando altos niveles de dopamina y adrenalina.
De ahí que se consideren características de la dependencia emocional, ya que funcionan como cualquier adicción: cuando no están en la relación, no dejan de pensar en la expareja, la echan de menos, y tienen un alto deseo de reconectar (similar al craving en el consumo de drogas) con la expectativa de que el contacto se retome en cualquier momento.
Sin embargo, una vez superada la fase de luna de miel, suelen encontrarse de nuevo en el mismo punto de desajuste previo a la ruptura, a menudo con dudas, dentro de una relación dolorosa y disfuncional. Así, la idea de romper vuelve a aparecer, reiniciando el ciclo.
- Por todo ello, las relaciones intermitentes presentan una dinámica altamente destructiva. Generan una enorme confusión, se anticipa la pérdida constantemente, generan ansiedad, miedo al abandono, además de un profundo desgaste en la pareja -y en ocasiones también en los hijos que pueden presenciar estas idas y venidas-. Asimismo, suelen provocar deterioro en la autoestima, ya que el abandono tiende a interpretarse como “no ser suficiente” , lo que refuerza la vivencia de rechazo.
- En contraste, en las relaciones sanas, donde la conexión es estable (con momentos mejores y peores), no se contempla la ruptura como la primera alternativa ante las dificultades. Existe la tranquilidad de que el vínculo es seguro y de que la pareja sigue eligiendo la relación. No se anticipa el abandono ante cualquier conflicto; se intenta resolver mediante la comunicación y, si no es posible hacerlo sin ayuda, se plantea antes una intervención externa que la ruptura.
¿Cómo podemos trabajar este patrón?
- Tomar conciencia de que se está dentro de una relación disfuncional con un patrón de intermitencia, así como del desgaste que está generando tanto en el vínculo como en cada miembro de la pareja.
- Comprender los motivos que sostienen esta dinámica: qué nos lleva a permanecer en este bucle sin resolver los problemas.
- Definir el tipo de relación y de pareja que se desea construir y buscar ayuda profesional, tanto para entender el origen de este patrón como para adquirir herramientas de comunicación y resolución de conflictos.
- Cuestionarse si la pareja encaja realmente, y si existe una elección mutua clara.
- Analizar si existen dificultades en el compromiso y/o falta de responsabilidad afectiva por parte de uno o ambos miembros, así como si la relación se mantiene por miedo a la soledad.
- Valorar si existe un patrón de dependencia emocional en las relaciones de pareja. En este sentido, resulta muy útil explorar el tipo de apego desarrollado en durante la infancia y la adolescencia, ya que las primeras relaciones son clave para comprender cómo construimos nuestros vínculos.
- Identificar la presencia de creencias disfuncionales sobre el amor y las relaciones de pareja, como por ejemplo:
- La idea de que el amor debe vivirse intensamente, como una montaña rusa, y que estos niveles de intensidad emocional -tanto en positivo como en negativo- son normales.
- La creencia de que una pareja debería estar siempre bien, con baja tolerancia a la frustración y a los momentos difíciles, como si la relación debiera ser bonita o agradable siempre.
- La creencia de que todo en la relación y en la pareja debería gustarnos, y que, si no es así, quizá nos estamos conformando y podría existir “algo mejor”.
- La expectativa de que las rupturas producirán los cambios que no se logran generar dentro de la relación.
- Evitar retomar la relación únicamente por sentirse solo/a, y hacerlo exclusivamente si existe un deseo real de construir un vínculo saludable y resolver de manera profunda las dificultades individuales y de pareja.
Si crees que puedes estar en esta situación, en Centro TAP podemos ayudarte —o ayudaros— a construir el camino hacia una relación de pareja sana.