En la era de la hiperconectividad, estamos expuestos a una cantidad de información sin precedentes. Las nuevas tecnologías y las redes sociales permiten que la información llegue a prácticamente todas las partes del mundo de forma instantánea.
Es una herramienta que nos aporta información en tiempo real, contada a veces en primera persona y con espacios para opinar libremente sobre ella. Con un simple scroll en la pantalla de nuestro móvil, pasamos de ver un vídeo gracioso a conocer una tragedia a miles de kilómetros de distancia, para acto seguido leer sobre una crisis política. Estas situaciones atraen la atención del espectador inevitablemente, entrenando así poco a poco al algoritmo que a su vez te va enseñando cada vez más ese tipo de videos.
Si bien estar informados es un valor, nuestra capacidad biológica para procesar el dolor ajeno no ha evolucionado a la misma velocidad que la tecnología.
Hoy queremos hablar de un fenómeno que vemos cada vez más en consulta al que podemos denominar como fatiga por compasión digital.
¿Qué es la fatiga por compasión?
Originalmente, este término se utilizaba para describir el desgaste que sufrían los profesionales de la salud o de emergencias tras estar expuestos constantemente al sufrimiento ajeno. Esto podía generar en ellos niveles muy altos de estrés o incluso una sensación de desapego o falta de empatía como manera inconsciente de alejarse del dolor.
Sin embargo, en el contexto actual, podemos asemejar esta situación a la que experimentan los usuarios de las redes sociales.
Es ese estado de agotamiento emocional, físico y mental que surge cuando nuestra capacidad de empatía se ve desbordada por una sobreexposición a imágenes y noticias negativas. Es sentir que ya no puedes más, que te duele todo lo que pasa fuera, pero, al mismo tiempo, sentirte incapaz de reaccionar o de hacer algo para cambiarlo.
Es importante identificar las señales ya que hay ciertas estrategias que te ayudarán a disminuir este malestar una vez lo identifiques. Algunas de las más comunes son:
- Desensibilización: Te sorprendes a ti mismo viendo noticias dramáticas sin sentir ninguna emoción. Lo que antes podía sorprenderte, causarte tristeza o activarte de alguna forma, hoy lo normalizas y deslizas como si fuese cualquier otro video. Esto no te convierte en una persona insensible ante el dolor ajeno, solo es una reacción ante una exposición muy prolongada a este tipo de contenido.
- Sentimiento de culpa: Crees que, por no estar compartiendo una noticia o por intentar desconectar, eres una persona egoísta o poco comprometida. Lo cierto es que están a nuestro alcance historias muy tristes y que causan un sentimiento de injusticia en la audiencia. Lamentablemente, estas historias son infinitas y en ocasiones se deben a contextos muy complejos que no está en nuestra mano cambiar.
- Irritabilidad y ansiedad: Sientes una angustia constante o una baja tolerancia a la frustración en tu día a día, aunque los problemas no tengan relación directa contigo.
- Insomnio o pesadillas: Las imágenes que consumes en redes sociales durante la noche se quedan grabadas en tu mente, impidiéndote descansar.
A menudo, pensamos que «hacer algo» por el mundo implica estar conectados las 24 horas, compartir con otros lo que estamos viendo y opinar sobre ello públicamente.
Pero la realidad es que solo podemos ayudar desde el bienestar. Si estamos agotados, desesperanzados o ansiosos, nuestra capacidad de contribuir positivamente a nuestro entorno —nuestra familia, nuestro trabajo, nuestra comunidad— disminuye drásticamente.
Si sientes que la actualidad te está sobrepasando, aquí tienes algunas pautas sencillas:
- Establece una dieta informativa: No es necesario estar «al tanto de todo» en tiempo real. Designa momentos concretos del día para informarte y evita las redes sociales antes de dormir o nada más despertar.
- Delimita tu círculo de influencia: Distingue entre lo que está bajo tu control y lo que no. ¿Hasta dónde llega tu influencia y tu capacidad de producir un cambio? La psicología nos enseña que enfocarnos en lo que está bajo nuestro control reduce la ansiedad, mientras que intentar modificar lo que no está bajo nuestro control aumenta la frustración. ¿Qué puedes hacer en tu barrio, en tu centro de trabajo o con tu familia? A veces, una acción pequeña y real en nuestro entorno cercano es más reparadora que preocuparse por algo sobre lo que no tenemos capacidad de acción directa.
- Elije tus batallas: En el caso de impulsar un cambio a gran escala, elige un tema concreto que te apasione y que quieras apoyar. Céntrate en una lucha, en vez de intentar abarcar todos los problemas de la actualidad.
- Valida tus límites: Aceptar que no puedes cargar con el dolor del mundo no te hace peor persona. Te hace humano. Es válido olvidar lo que has visto y centrarte en tu propio bienestar, en tu proyecto individual y en tu contexto más cercano.
Recuerda que tu salud mental es el motor que te permite seguir adelante.
Si sientes que este agotamiento emocional está afectando a tu calidad de vida o a tus relaciones, en Centro TAP estamos aquí para acompañarte y ayudarte a gestionar estas emociones.