Cuando experimentamos emociones desagradables o pensamientos que nos generan sufrimiento, una de las respuestas más habituales es intentar eliminarlos cuanto antes. Queremos dejar de sentir ansiedad, tristeza, miedo, culpa o frustración. De hecho, en consulta es frecuente escuchar frases como: “quiero dejar de sentirme así”, “necesito quitarme esta ansiedad” o “haz que esto desaparezca”.
Esta reacción es comprensible. Nadie disfruta sufriendo. Sin embargo, existe una paradoja: cuanto más luchamos contra determinadas emociones y pensamientos, más espacio terminan ocupando en nuestra vida.
- Vivimos en una sociedad que transmite constantemente la idea de que deberíamos sentirnos felices, motivados y positivos la mayor parte del tiempo. El malestar se percibe como un problema que debe resolverse rápidamente. Sin embargo, las emociones desagradables no son un error del sistema ni una señal de que algo vaya mal. Son una parte inevitable de la experiencia humana. Han acompañado al ser humano durante toda su existencia y cumplen funciones importantes para nuestra adaptación y supervivencia.
- Tendemos a clasificar las emociones en “buenas” y “malas”, positivas y negativas (con la connotación que tiene para la persona) cuando en realidad todas tienen una función. El miedo nos prepara para afrontar amenazas, la tristeza puede ayudarnos a procesar pérdidas, la culpa nos orienta hacia la reparación de nuestros errores y la ira nos señala que percibimos una injusticia o una vulneración de nuestros límites. Que una emoción sea desagradable de sentir no significa que sea inútil o perjudicial.
- Algo similar ocurre con los pensamientos. Muchas veces intentamos controlarlos porque creemos que dicen algo importante sobre quiénes somos. Si aparece un pensamiento negativo, lo interpretamos como una realidad o como una verdad sobre nosotros mismos. Sin embargo, los pensamientos son eventos mentales, no hechos objetivos. La mente produce continuamente ideas, imágenes, recuerdos, juicios y predicciones, muchas de ellas contradictorias entre sí.
Una de las habilidades psicológicas más importantes consiste en aprender a diferenciar entre lo que pensamos y lo que hacemos. No podemos controlar completamente qué pensamientos aparecen ni qué emociones sentimos, pero sí podemos decidir cómo responder ante ellos. En otras palabras, no siempre podemos elegir lo que ocurre en nuestro mundo interno, pero sí podemos elegir nuestras acciones.
El problema surge cuando gran parte de nuestra energía se dirige a evitar o eliminar el malestar. En psicología esto se conoce como evitación experiencial: intentar escapar de pensamientos, emociones o sensaciones incómodas. A corto plazo puede proporcionar alivio, pero a largo plazo suele tener un coste elevado.
Por ejemplo, imaginemos a una persona que valora profundamente la amistad. Si está atravesando una etapa de tristeza o ansiedad, podría empezar a rechazar planes con sus amigos porque “no se siente con ganas”. En ese momento experimenta un alivio temporal al quedarse en casa. Sin embargo, cuanto más evita esos encuentros, más se aleja de algo importante para ella. El resultado suele ser una mayor sensación de aislamiento, vacío y sufrimiento que agudiza la tristeza que ya tenía.
- Aquí encontramos una de las grandes trampas de la lucha contra el malestar: mientras estamos ocupados intentando no sentir, dejamos de vivir. Nos centramos tanto en controlar nuestro mundo interno que dejamos de construir una vida significativa en el mundo externo.
- La alternativa no consiste en resignarse ni en disfrutar del sufrimiento. La propuesta es aprender a hacer espacio al malestar cuando aparece, permitiéndonos sentirlo sin que dirija por completo nuestras decisiones. Se trata de desarrollar la capacidad de avanzar hacia aquello que es importante incluso cuando aparecen emociones difíciles por el camino.
- Para ello es fundamental identificar nuestros valores. Los valores son las direcciones que queremos dar a nuestra vida, aquello que queremos representar como personas. No son metas que se alcanzan y se terminan, sino formas de actuar que pueden guiarnos día tras día. Cuidar a las personas que queremos, ser honestos, aprender, crecer, contribuir a los demás o cultivar nuestra salud son algunos ejemplos.
- Cuando nuestras acciones están alineadas con nuestros valores, la vida suele sentirse más plena y coherente, incluso en momentos difíciles. Por el contrario, cuando nuestras decisiones se organizan únicamente alrededor de evitar el malestar, terminamos alejándonos de aquello que realmente importa.
- Por eso, una pregunta útil no es únicamente “¿cómo puedo dejar de sentir esto?”, sino también “¿qué quiero hacer con esto que estoy sintiendo?” o “¿qué tipo de persona quiero ser en esta situación?”.
Aceptar que las emociones y pensamientos desagradables forman parte de la experiencia humana no elimina automáticamente el sufrimiento, pero sí reduce la lucha añadida que mantenemos contra él. Y muchas veces esa lucha es la que termina generando más desgaste.
Quizá el objetivo no sea sentirnos bien todo el tiempo. Quizá el objetivo sea construir una vida rica, significativa y coherente con nuestros valores, incluso cuando el malestar aparece. Porque, al fin y al cabo, una vida plena no es aquella en la que nunca sufrimos, sino aquella en la que no dejamos que el sufrimiento decida por nosotros.
Si al leer este artículo te has dado cuenta de que llevas demasiado tiempo luchando contra tu malestar, quizá sea el momento de empezar a hacerlo de otra manera. Si necesitas ayuda, puedes contactar con nosotras; estaremos encantadas de acompañarte en el camino.