Tu hijo grita, llora, se tira al suelo o responde de forma desproporcionada ante algo que parece “pequeño” o ‘’sin importancia’’. Y en ese momento es fácil pensar: “lo está haciendo para llamar la atención”, “podría controlarse” o “esto es falta de límites”.
Sin embargo, en muchas de estas situaciones, lo que está ocurriendo tiene que ver con un cerebro que se ha desregulado o desbordado emocionalmente.
Cuando hablamos de falta de regulación emocional, nos referimos a un momento en el que el niño siente una emoción tan intensa que no es capaz de gestionarla por sí mismo. No es que no quiera calmarse, es que, en ese instante, no puede hacerlo.
Cómo funciona el cerebro del niño ante un desbordamiento emocional
Para entenderlo mejor, podemos imaginar el cerebro como si tuviera dos sistemas que trabajan juntos:
- El cerebro emocional, que es rápido, impulsivo y se activa ante cualquier situación que percibe como frustrante, injusta o amenazante.
- El cerebro racional, que permite pensar, reflexionar, controlar impulsos y buscar soluciones. (Las funciones ejecutivas, que están desarrollándose aun).
En los adultos, ambos sistemas suelen estar bastante integrados. Pero en los niños, especialmente en los más pequeños, esta conexión aún está en desarrollo.
¿Qué ocurre entonces durante una rabieta o un gran enfado?
Que el cerebro emocional “toma el mando” y el racional queda temporalmente desconectado.
En ese momento, el niño no tiene acceso a herramientas como la lógica, el autocontrol o la capacidad de escuchar razones.
Por eso, aunque desde fuera parezca que “podría hacerlo mejor”, en realidad su capacidad de gestión está completamente sobrepasada.
¿Por qué no funciona razonar en ese momento?
Una de las cosas que más desconcierta a las familias es que, en plena rabieta, cualquier intento de hablar, explicar o hacer entrar en razón al niño parece empeorar la situación.
Y tiene sentido.
Cuando el cerebro emocional está activado, el cerebro racional está “fuera de juego”. Por eso, frases como “eso no es para tanto”, “tienes que calmarte” o largas explicaciones no solo no ayudan, sino que pueden aumentar el malestar.
En ese momento, no estamos ante una oportunidad de enseñar, sino ante una necesidad de acompañar.
Primero regulación, después educación.
¿Qué sí ayuda cuando el niño está desbordado?
Aunque no hay fórmulas mágicas, sí hay estrategias que pueden ayudarnos:
- Mantener la calma (o intentarlo): el adulto actúa como puente regulador. Si nosotros escalamos, el niño también lo hará.
- Validar la emoción: sin justificar la conducta, podemos reconocer cómo se siente. (“Veo que estás muy enfadado”, “esto te ha molestado mucho”).
- Acompañar sin invadir: algunos niños necesitan cercanía física, otros un poco de espacio.
- Esperar: el desbordamiento tiene un pico y luego baja. Forzar que “pare” solo prolonga el proceso.
Este acompañamiento no elimina la emoción, pero ayuda al niño a atravesarla de forma más segura.
Después de la tormenta: ahí sí educamos
Cuando el niño se ha calmado, el cerebro racional vuelve a estar disponible. Y entonces sí es el momento de:
- Hablar sobre lo ocurrido
- Poner límites, si es necesario
- Buscar alternativas (“¿qué podrías hacer la próxima vez?”)
- Enseñar herramientas de regulación
Aquí es donde realmente se produce el aprendizaje.
Comprender cómo funciona el cerebro en estos momentos no significa permitir cualquier conducta, sino responder de forma más ajustada y eficaz.
Las rabietas y los desbordamientos emocionales forman parte del desarrollo. No se pueden evitar por completo, pero sí se pueden acompañar de una manera que favorezca el aprendizaje emocional.
Porque cuando un niño no sabe gestionar lo que siente, no necesita más control… necesita un adulto que acompañe.
Puedes ver otro de nuestros artículos que también habla de las rabietas pinchando aquí.
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