Las emociones son reacciones de nuestro cuerpo ante estímulos de nuestro entorno y nuestro interior (por ejemplo, un recuerdo). La raíz etimológica de la palabra emoción proviene del latín “movere”, que significa “moverse”; el prefijo “e” significa “hacia”. Por tanto, entendemos que las emociones implican una tendencia a movilizarnos hacia la acción.
La función más básica de las emociones es transmitirnos un mensaje (por ejemplo, sobre nuestras necesidades) y nos dan información que nos puede resultar muy útil para nuestro propio bienestar y supervivencia.
Otra de las funciones de las emociones es facilitar nuestra interacción con los demás, ayudándonos a expresar lo que sentimos en nuestras relaciones y, por tanto, guiando a los demás en su comportamiento hacia nosotros.
Comprender las emociones y su funcionamiento facilitará que nos relacionemos con ellas de una forma más constructiva, lo cual nos permitirá beneficiarnos de sus funciones. Para ello, puede resultarnos interesante comprender primeramente cómo se desarrollan evolutivamente (Inteligencia Emocional: etapas infantiles y desarrollo evolutivo, Desarrollo de la inteligencia emocional durante la adolescencia) y, en segundo lugar, cuáles son los mecanismos o leyes que explican su funcionamiento.
- Ley de los vasos comunicantes
Las emociones tienen tres componentes: subjetivo, fisiológico y motor. Si intentamos ocultar o bloquear alguno de estos componentes emocionales, los otros componentes multiplicarán su intensidad. Gracias a esta ley podemos explicar, por ejemplo, la somatización: cuando bloqueamos la expresión de un malestar emocional, pueden aumentar los síntomas fisiológicos.
- Ley de la infusión emocional
Cuando una emoción se mantiene activa durante un cierto periodo de tiempo (30-45 minutos), comienza a sesgar en nuestros pensamientos, interpretaciones y recuerdos en esa misma dirección (tristeza, enfado). Este modo de funcionar resulta útil durante los primeros 15 minutos de la reacción emocional ya que nos ayuda a analizar mejor la situación (recordando, por ejemplo, situaciones similares que hayamos vivido y cómo las solucionamos), pero cuando se mantiene en el tiempo deja de ser útil. Según esta ley, es habitual que cuando estamos tristes tengamos la sensación de “todo me va mal y todo me irá mal” ya que estamos recordando situaciones similares a la actual y nuestras interpretaciones respecto al futuro también son en esta misma línea. Imagina que tuviéramos unas gafas con las lentes de un color y comenzamos a ver todo nuestro alrededor con ese mismo tinte; en este caso el color sería la emoción.
- Ley de las emociones secundarias
Cuando no aceptamos las emociones, ya sea porque les restamos importancia o porque no nos permitimos sentirnos de esa manera, se generan en consecuencia otras emociones. Por ejemplo, podemos sentir vergüenza por sentir tristeza o podemos sentirnos culpables por sentir enfado.
- Ley de la amnistía emocional
No debemos someter a juicio nuestras emociones ya que no decidimos ni controlamos qué sentimos en un primer momento, aunque sí podamos influir en cómo reaccionamos y regulamos esa emoción. Las emociones no nos definen como personas, simplemente hablan de cómo reacciona nuestro organismo a las experiencias que vivimos.
- Ley de la bondad emocional
Todas las emociones tienen una función constructiva aunque algunas resulten desagradables de experimentar. No hay emociones buenas o malas, simplemente nos transmiten un mensaje sobre qué necesitamos para movilizarnos hacia la acción: la soledad puede decirnos que necesitamos más contacto y apoyo social del que estamos teniendo; la frustración nos puede indicar que no tenemos aquello que esperábamos o necesitamos; el miedo nos avisa de un peligro o daño; el estrés nos puede indicar que nuestros recursos o capacidades no están siendo suficientes para abordar una situación…)
- Ley de la universalidad emocional:
Todos experimentamos las mismas emociones, por lo que no debemos clasificarlas según etiquetas de emociones de sanos-enfermos, listos-tontos, débiles-fuertes.
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